POR DAVID RAMIREZ s.
Sin lugar a dudas, el fenómeno de la prostitución se está adueñando poco a poco de las vías públicas y las zonas recreativas o familiar de la ciudad. De repente, ya casi no queda un rincón donde esta problemática social no haga acto de presencia.
Para uno darse cuenta del creciente índice del problema, al caer la noche, (principalmente los fines de semanas), basta con visitar el parque Central o el Malecón, para presenciar con sus propios ojos la gran cantidad de prostitutas y travestis ofertando sus servicios sexuales sin ningún tapujo.
Las llamadas “trabajadoras sexuales”, en su mayoría mujeres y hombres travestidos, adornan el paisaje. Ellos, se pasean por las aceras de un lugar a otro, muchas veces asaltando las esquinas en espera de su clientela.
Pero aunque usted no lo crea (parafraseando a un viejo programa de TV), el ejercicio de la prostitución en la ciudad nunca fue de esa manera. Todavía no hace mucho tiempo, nuestra ciudad tenía una zona de tolerancia sexual (no legal), ubicada en un humilde barrio de la ciudad dividido en el medio por el majestuoso río Birán.
Para los moralistas y religiosos fue nuestra Sodoma y Gomorra moderna. Esa zona, llamada “Los cabareses”, era un lugar bullicioso donde se podía encontrar de todo; bebidas y mujeres dispuestas a complacer y desahogar las penas a cualquier mortal necesitado de los placeres mundanos.
En aquella época los bares y dormitorios en el barrio “Los cabareses” se podían contar por montones, uno al lado del otro.
No podemos tapar el sol con dedo, nadie puede negar que mientras los bares en esa zona estuvieron abiertos, nuestras vías públicas y parques estaban libres de la prostitución. En aquella época nunca se vio en una esquina la presencia de una mujer o un travestis prostituyéndose, tampoco hombres ingiriendo bebidas alcohólicas o drogándose.
Con el cierre de los bares en el barrio “Los Cabareses”, debido a la grave crisis económica y la aparición de enfermedades peligrosas de transmisión sexual (como el SIDA), muchas mujeres y homosexuales se vieron precisado a ejercer la prostitución en las vías públicas.
Con estas palabras no quiero que ustedes piensen que estoy justificando o estoy rindiendo culto a la prostitución. Tampoco pretendo destacar las bondades de esas barras o dormitorios que funcionaban sin ningún tipo de garantías sanitarias o de seguridad en el barrio Los Cabareses. Simplemente quise establecer la diferencia entre lo que fue el ejercicio de la prostitución hace más de 30 años en la ciudad y lo que es ahora
